viernes, 1 de septiembre de 2017

I am i.

Hace poco, durante una de las muchas noches en las que el insomnio es fiel (y testarudo) acompañante, rondaba dentro de la casa apagada una idea: el infinito.
No he leído tanto como para declararme conocedor de mi autor favorito, Borges, pero el infinito también estuvo vagando entre sus obras, por demás excelentes. Sin embargo no lo responsabilizo, pues nunca jamás sabrá nada de mí ni de mi dificultad para dormir. Y es bastante curioso que mi decisión fue echar un vistazo a lo que sea que estuviera en Netflix, y ese indefinido entretenimiento terminó siendo “The Code”, una serie de sólo tres capítulos en la que se explora de forma espectacular, en el sentido de que se busca agradar al espectador más que mostrar una verdadera investigación, el lenguaje matemático en el que supuestamente está escrito el Universo. Además de los números primos, la razón áurea, entre otras cosas, estaba pi (previsiblemente). Entonces tenemos a pi, a e, el número Euler, y a la razón áurea, los tres irracionales favoritos de las matemáticas. A propósito de mencionar la constante dorada, se puso como ejemplo natural la concha del nautilus, que es un animalito marino, y me recordó al grandioso navío del que se habla en Veinte mil leguas de viaje submarino; mencionar al autor está de más, sería un pleonasmo, una obviedad.

En cuanto intenté ir a la cama de nuevo, me asaltó una idea casi inútil: podemos encontrar todos los dígitos del número áureo dentro de e; a su vez, podemos encontrar todos los dígitos de e dentro de pi, y luego sería posible encontrar a pi dentro del número áureo. Podríamos encontrar casi toda combinación de números dentro de cada uno, encontrar a cada uno dentro del otro, y luego encontrar a éste otro dentro del primero, sin importar cuán grandes sean, pues el infinito es así, irracional, incomprensible, paradójico.

Después llegaron más ideas: podríamos encontrar a pi, que en sí ya es infinito, infinitas veces dentro de e, por ejemplo, que a su vez estaría infinitas veces dentro de pi; empiezo a tener sueño. Recuerdo el cuento de “El inmortal” escrito por Borges, y con él la idea de un hombre infinito, que puede ser todos los hombres en infinitas circunstancias; “el hombre es todos los hombres”. ¿Qué tiene esta idea del infinito que es tan compulsivamente atractiva?

En fin. A Borges le gustaba aprender otros idiomas, nació con dos lenguas (español e inglés), el alemán (que él mismo se enseñó), el francés y el latín. Yo no podría presumir de un genio siquiera desdeñable a comparación del suyo, pero supongo que incluso para él, que ha utilizado la idea de que la vida es un sueño, una ilusión, un sueño dentro de otro sueño (como un poema de Poe con el mismo título: “A dream within a dream”, o el famosísimo monólogo de Segismundo que finaliza con “Que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”), le habría parecido gracioso el hecho de que los matemáticos, más cercanos a los filósofos que a los físicos según mi opinión, hayan creado un número que es imposible de escribir y de ver en la realidad tangible: el número imaginario i. Número que, por más infinitos dentro de infinitos que tengamos en las relaciones que mencionaba anteriormente con los números irracionales, nunca aparecerá.

Justo en ese momento, el sueño, que bien puede estar dentro de otro sueño, me ha apaciguado la mente y el cuerpo, y estoy a punto de cerrar los ojos cuando llega una última idea, la más graciosa de todas: el nombre del número imaginario, es decir “i”, es el mismo que el pronombre personal en primera persona de la lengua inglesa: “I”.