I am i.
Hace poco, durante una de las muchas noches en las que el
insomnio es fiel (y testarudo) acompañante, rondaba dentro de la casa apagada
una idea: el infinito.
No he leído tanto como para declararme conocedor de mi autor
favorito, Borges, pero el infinito también estuvo vagando entre sus obras, por
demás excelentes. Sin embargo no lo responsabilizo, pues nunca jamás sabrá nada
de mí ni de mi dificultad para dormir. Y es bastante curioso que mi decisión
fue echar un vistazo a lo que sea que estuviera en Netflix, y ese indefinido
entretenimiento terminó siendo “The Code”, una serie de sólo tres capítulos en
la que se explora de forma espectacular, en el sentido de que se busca agradar
al espectador más que mostrar una verdadera investigación, el lenguaje
matemático en el que supuestamente está escrito el Universo. Además de los
números primos, la razón áurea, entre otras cosas, estaba pi (previsiblemente). Entonces tenemos a pi, a e, el número Euler,
y a la razón áurea, los tres irracionales favoritos de las matemáticas. A
propósito de mencionar la constante dorada, se puso como ejemplo natural la
concha del nautilus, que es un animalito marino, y me recordó al grandioso
navío del que se habla en Veinte mil leguas de viaje submarino; mencionar al
autor está de más, sería un pleonasmo, una obviedad.
En cuanto intenté ir a la cama de
nuevo, me asaltó una idea casi inútil: podemos encontrar todos los dígitos del
número áureo dentro de e; a su vez,
podemos encontrar todos los dígitos de e
dentro de pi, y luego sería posible
encontrar a pi dentro del número
áureo. Podríamos encontrar casi toda
combinación de números dentro de cada uno, encontrar a cada uno dentro del
otro, y luego encontrar a éste otro dentro del primero, sin importar cuán
grandes sean, pues el infinito es así, irracional, incomprensible, paradójico.
Después llegaron más ideas:
podríamos encontrar a pi, que en sí
ya es infinito, infinitas veces dentro de e,
por ejemplo, que a su vez estaría infinitas veces dentro de pi; empiezo a tener sueño. Recuerdo el
cuento de “El inmortal” escrito por Borges, y con él la idea de un hombre
infinito, que puede ser todos los hombres en infinitas circunstancias; “el
hombre es todos los hombres”. ¿Qué tiene esta idea del infinito que es tan
compulsivamente atractiva?
En fin. A Borges le gustaba aprender otros idiomas, nació con dos lenguas (español e inglés), el alemán (que él mismo se enseñó), el francés y el latín. Yo no podría presumir de un genio siquiera desdeñable a comparación del suyo, pero supongo
que incluso para él, que ha utilizado la idea de que la vida es un sueño, una
ilusión, un sueño dentro de otro sueño (como un poema de Poe con el mismo
título: “A dream within a dream”, o el famosísimo monólogo de Segismundo que
finaliza con “Que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”), le habría
parecido gracioso el hecho de que los matemáticos, más cercanos a los filósofos
que a los físicos según mi opinión, hayan creado un número que es imposible de
escribir y de ver en la realidad tangible: el número imaginario i. Número que, por más infinitos dentro
de infinitos que tengamos en las relaciones que mencionaba anteriormente con
los números irracionales, nunca aparecerá.
Justo en ese momento, el sueño, que bien puede estar dentro
de otro sueño, me ha apaciguado la mente y el cuerpo, y estoy a punto de cerrar
los ojos cuando llega una última idea, la más graciosa de todas: el nombre del
número imaginario, es decir “i”, es
el mismo que el pronombre personal en primera persona de la lengua inglesa: “I”.
